Presiento que mi investigación tiende a hacerse red. Lo veo no sólo por una necesidad política, sino por el gesto de lo que insinúo. Escritura, política, pensamiento, arte, son registros y variaciones, rasgos y dimensiones del trayecto que está en ciernes.
Es un poco confuso, lo sé, cargar esta necesidad de realidad, de los protocolos en los que nos vienen entrenando. Será que lo que me afecta amerita otra serie de ejercicios de creación, de proliferación de efectos, que de los formatos a los que nos vemos abocados.
Lo que reconozco es que ya vengo andando y en ese andar ya he tocado lo que a muchos molesta. Quizá para esto se necesite un tímpano especial, tanto un sentido aguzado que sepa intuir lo inaudito como un equilibrio que me lo da la poesía y el pensamiento. No me exijan, en efecto, tanta claridad en lo que enuncio, soy amante del tacto más que de la vista y para mí igual que a las ideas, los proyectos, no bastan, no son suficientes, como ser el sujeto que las encarna y los engendra con los otros.
Vengo encontrando en poetas como Juarroz, Valente y Maillard un ritmo que puede ayudar a desbloquear el férreo candado que no permite entradas a la subjetividad. De lo que se trata no es tanto dar salidas a las crisis por las que atravesamos, como de buscar multiplicidades en lo común, otras entradas que no provienen del acumulado teórico, sino que es en la experimentación y en las relaciones con el lenguaje donde pueden devenir otras. Un abecedario, un envío, una tarjeta postal, una señal, un ensayo, una instalación, un poema, pueden ser las gramáticas menores constituyentes de la subjetividad.
No nos mintamos, no basta reflexionar, ahora en perspectiva pragmática y ontológica, hemos de encontrar todo aquello que nos hace reír, aumentar las potencias comunes y lo que nos hace permanecer flotantes en lo que acontece y vigilantes en lo que permanece: lo inolvidable.
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